viernes, 31 de julio de 2015

PASEO POR EL SEXO

         Los devotos del dios Odin querían morir con la espada en la mano, luchando.
Yo siempre quise morir follando, de un orgasmo interminable, durante mi adolescencia la palabra mujer significaba frustración, querer y no poder, siempre con el reproche de ser un obseso, la indiferencia y la falsedad, el yugo de la represión social.
      Y apareció Concha, la putilla del pueblo de al lado, bendita Concha en sus ojos enormes pude ver(cual de oráculo se tratase)el alma femenina, comprendí la igualdad entre ambos sexos, la misma necesidad de realizarnos dentro y fuera de la cama, las mujeres aquel ser extraño para mi, paso a ser a través de la transparencia de sus ojos, algo cercano e igual al hombre, les concedí el estatuto de personas.
   Por primera vez una mujer se desnudo ante mi, no se quito la ropa no, se desnudo por dentro, fue la primera vez que una mujer me harto de follar, fue mi diosa de la lujuria, mi musa inspiradora de la masturbacion, me enseño tanto sobre vosotras que a partir de entonces, mis amantes se multiplicaron. de repente aquello que era un defecto(mi salidismo) se convirtió en una virtud, aquella polla que partia almendras, segun Concha, era una bedicion del cielo que había que aprovechar y coño si lo aproveche.
    Pero pasaron los años y el mundo se lleno de mujeres con la piel marchita y el higo seco simples espejismos de lo que fueron, siempre negando la mayor, esperando algo a cambio de nada
    Inclusos mis amigos dan la fiesta por terminada, des pues de años de viagra, la sequía ha vuelto resulta difícil encontrar una hembra digna de tal nombre, me pajeo como un adolescente, sufro los reproches de antaño, pero no me resigno siempre hay un oasis por grande que sea el desierto, no me valen las cuarenta vírgenes del paraíso, ni la reencarnación, ni me apetece sentarme a la derecha del padre, lo quiero aquí y ahora CAMAREROOO  tráigame la carta,  esa no,  la especial; quiero unos aperitivos de miradas lujuriosas y besos prohibidos, un plato fuerte de todo lo comestible y penetrable, y un postre de abrazos tiernos de susurros y te quieros jadeantes, deslizándonos juntos hacia la dulce rotonda del sueño, que dura solo lo necesario para comenzar de nuevo.